
La semana pasada tuve el honor de conocer a Luis Lincoñir, el jardinero que se encontró un bolso con un millón de pesos botado en los jardines de la Ciudad Empresarial de Huechuraba.
Luis es una persona humilde en su condición económica, pero por Dios qué grande su integridad; en vez de quedarse con el dinero, decidió hacer lo que su conciencia y honor le indicaron como correcto, y optó por devolver el dinero a su dueño, sin siquiera plantearse otra opción.
Especialmente en momentos en que se debate acaloradamente sobre el tema de la delincuencia y la seguridad ciudadana, me llama la atención poderosamente la el comportamiento de Luis. Se dice que la evidente escalada en la violencia y frecuencia con que suceden y se suceden los actos delictuales en Chile se vinculan con la marginación y falta de oportunidades que adolecen las clases sociales más modestas de nuestro país, pretendiendo con ello hacernos a todos responsables, de alguna manera, de la situación actual. Somos nosotros, como sociedad toda, los que supuestamente hemos llevado a que las cosas estén como están, según se desprende de las declaraciones vertidas por las autoridades de gobierno. No damos oportunidades, nuestras cárceles no reforman ni capacitan, hemos segmentado nuestras clases sociales, etc, etc.
Luis, sin embargo, parece demostrarnos en forma irrefutable con su ejemplo de que la moral, la honestidad y el honor son virtudes que trascienden a clasificaciones sociales, situaciones económicas o medidas sociales que se pueda o no tomar. Hacer lo correcto, en definitiva, es una decisión que, a la hora de la verdad, se toma en forma individual, libre y absolutamente autónoma de cualquier otro parámetro que no sea la propia dignidad y el honor personal. Porque si pudiésemos atribuir esos comportamientos a terceros, o a la condición socio-económica que nos ha sido impuesta, entonces la inmoralidad no existiría en las personas de condición acomodada, ni existirían los llamados “criminales de terno y corbata”.
Lo definitivo es que Luis Lincoñir, en un momento de verdad, decidió hacer lo correcto, siendo que podría haber sido incluso más fácil quedarse con el dinero y no decir nada a nadie. Los dividendos de su decisión probablemente paguen 10 veces más que el millón de pesos que se podría haber guardado; por un lado, ya ha recibido una recompensa económica por parte del propietario, una noche en un hotel 5 estrellas junto a su pareja y, lo más trascendente, una beca de estudios que le permitirá perfeccionarse como paisajista y mejorar su nivel de ingresos para el resto de su vida.
Pero estoy seguro que su motivación real, más que la posibiliad de cualquier recompensa pecuniaria, fue hacer una declaración de principios. Decirle a su familia, a sus padres, al mundo entero y por qué no, a sí mismo, que Luis Lincoñir es un hombre para quien el honor y los principios están ante todo.
Aplaudo con gran entusiasmo y adhesión esta valiente y casi solitaria declaración. Todo se paga en esta vida, y en la otra también. El se ha hecho acreedor de un capital tremendo, una riqueza que no cabe en ninguna cuenta corriente ni banco, sólo en su honra y orgullo.
Luis Lincoñir ha demostrado ser persona de honor.